Ni el cielo plomizo, ni la lluvia persistente pudieron frenar el latido de la II Carrera Inclusiva. Más de 400 corredores convirtieron la Gran Vía del Este en un río de solidaridad, demostrando que en el nuevo desarrollo urbanístico de Los Ahijones no hay barreras que el deporte no pueda derribar.
El domingo amaneció con ese olor a tierra mojada que tanto conocemos en el sureste, pero esta vez el agua no trajo calma, sino épica. Pasadas las nueve y media de la mañana, cuando los primeros adultos empezaban a asomar por las inmediaciones de las oficinas del desarrollo urbanístico, el gris plomizo de las nubes ya avisaba: hoy la gloria no iba a ser por la marca del cronómetro, sino por el aguante.

El rugido de los adultos y la alegría de los más pequeños
La jornada ha arrancado con la fuerza de los adultos con la prueba principal de 3.000 metros. Ver esa marea de zapatillas salpicando en los charcos de la Gran Vía del Este ponía los pelos de punta. Pero el momento más emocionante ha llegado después, con las carreras infantiles. Bajo un cielo muy nublado, los más pequeños han dado una lección de coraje, corriendo con una alegría que ha contagiado a todos los asistentes.

Al cruzar la meta, no ha habido pequeño que se haya quedado sin su recompensa: una medalla conmemorativa que brillaba más que el sol ausente y que muchos lucían con orgullo tras su carrera.
Perritos calientes y palomitas para templar el cuerpo
La organización ha sabido combatir el frio y la humedad con una receta infalible: perritos calientes que desprendían su aroma y palomitas que comenzaban a adueñarse del recinto. Ha sido el broche de oro perfecto: ver a corredores profesionales, vecinos y usuarios de la Fundación Juan XXIII compartiendo un hot-dog y comentando las anécdotas de los resbalones en las curvas bajo la lluvia.
En esta carrera se ha contemplado un verdadero urbanismo: un solar en construcción convertido en un salón de casa compartido.
Un podio de altura
La ceremonia de entrega de trofeos ha puesto el punto final a la carrera. El concejal de Vicálvaro, Ángel Ramos, ha sido el encargado de entregar los galardones a los ganadores de las distintas categorías. Entre apretones de manos y fotos, el edil ha reconocido el mérito de haber convertido un domingo que invitaba a quedarse en casa en un hito de solidaridad para todo el sureste madrileño.


Los Ahijones ya no es solo un mapa de futuras viviendas; es el lugar donde más de 400 corredores demostraron que, si hay ilusión, una meta común y palomitas, la lluvia es solo parte del decorado. Una cita que deja el listón alto para una próxima edición donde las zapatillas volverán a ser las protagonistas de la inclusión en el sureste madrileño.







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