Luis Bartolomé Marcos (Madrid, 1948), geohistoriador autor de numerosos libros, folletos y artículos de investigación, ha publicado Los despoblados de Vicálvaro —Ambroz, La Torre del Campo (o Torre Pedrosa), San Cristóbal, Carrantona y Valnegral—, el cierre de una trilogía, como él mismo lo describe, que incluye Las aguas de Vicálvaro y Las cañadas de Vicálvaro.
Este nuevo trabajo es un documento histórico fundamental para conocer cómo eran y cómo se vivía en las tierras que ahora ocupan los nuevos desarrollos del Sureste. El autor nos recibe en la sede de la asociación de investigación histórica ‘Vicus Albus‘, uno de sus lugares habituales de trabajo, entidad de la que es socio desde su fundación a mediados de los años 80.
La obra se puede descargar gratuitamente en este enlace.
Es natural pensar al leerla que esta nueva obra es una prolongación de Las aguas de Vicálvaro y Las cañadas de Vicálvaro. ¿Está concebida de esta manera?
Los tres trabajos están basados en la filosofía de rentabilizar la inversión. Yo empecé hace muchísimos años con harta inseguridad porque soy perito agrícola y la investigación histórica es una de las muchas cosas que he tenido que aprender por mí mismo. Soy un autodidacta y se nota, porque la obra adolece de lo que adolecen muchos de los trabajos de los autodidactas. Pero mi inseguridad me lleva a sobredocumentar las cosas. Antes de hacer una afirmación tengo que haberme leído todo lo que se ha escrito sobre eso y todo lo que se ha escrito en contra de eso. La duda es la base del intelectual: los políticos viven de las afirmaciones y los intelectuales de las dudas. Pero en mi caso, insisto, es un poco fisiológico, personal, nace de la inseguridad. Soy rata de tierra según el horóscopo chino, y jamás me verás jugar al azar. Con un 99% de seguridad me siento incómodo. Y eso me lleva a acumular cantidad y cantidad de información, y como ya estoy más cerca del final que del principio, me dije que tenía que rentabilizar el trabajo realizado.
Entonces, me centré en las tres cosas que me interesan más. En primer lugar, las aguas, porque yo soy de ciencias. Ése fue el origen de la trilogía. El segundo, las cañadas, un tema que me tira mucho, el de la ovejita y los pastos, como perito agrícola que soy. Y los despoblados, una cuestión que llevo investigando desde el año 87. Prueba de ello es el libro publicado hace años sobre los despoblados de la Sierra Norte —Despoblados de la Sierra Norte de la Comunidad de Madrid, del que es coautor junto a Ignacio Duque Rodríguez de Arellano—. La idea era haberle dado continuidad con todos los despoblados de la Comunidad de Madrid, pero se deshizo el equipo de investigación y de los siete tomos previstos se quedó en ese único. Y ahora tiene continuidad de alguna forma con este libro centrado en los despoblados de Vicálvaro, a lo que le he dedicado otro año extra de investigación específica además de rentabilizar, como decía, inversiones ya hechas, porque no quería llevarme a la tumba mis secretos.
¿Es el cierre de su trabajo dedicado a la investigación de Vicálvaro? ¿Cómo se siente al respecto?
Este es el cierre de la trilogía porque de Vicálvaro no me quedan realmente más cosas que contar. Ya he recogido todo lo labrado y sembrado, no hay más para seguir tirando. Después de 4 años dedicado de forma ininterrumpida, hay que cambiar un poco de aires, y por eso me centro estos días en investigar sobre Chamartín.
Evidentemente, siento la satisfacción del deber cumplido, entre comillas, porque afortunadamente esto que hago no es un deber. Trabajar es una cosa por lo que te pagan. Si lo haces con gusto y encima te pagan, pues has tenido la suerte de que te den dinero por ello. Para mí, esta labor es un entretenimiento, afortunadamente no tengo nietos y en lugar de jugar a la petanca o estar horas delante de la televisión, lo que me divierte es investigar, y es lo que hago 8 horas al día, a veces más.
¿Cuántas veces tiene que explicar el concepto histórico de despoblado? No sé si coincide en que es un término que actualmente genera mucha confusión.
Dice Luis Piedrahita, el cómico, que es el mayor experto del mundo en algo que a nadie le importa. Me pregunta cuántas veces he tenido que explicarlo: ninguna porque a nadie le interesa. Hemos documentado los doscientos y pico despoblados de la Comunidad de Madrid, puse la información a través de mi web para que se continuara la investigación y nadie ha hecho ni caso. Esto no le interesa a casi nadie, y menos ahora tal y como están las cosas en la investigación, que prácticamente nadie hace un doctorado si no quiere dedicarse a la carrera universitaria.
Dicho esto, efectivamente, sí, el concepto de despoblado genera confusión en la edad contemporánea. No así en la edad antigua, estaba clarísimo lo que era. Durante el Antiguo Régimen, algunos de los despoblados tenían jurisdicción propia, eran un ente jurídico. Existía el perímetro, tenían su alcalde y su horda. Tenían sus derechos y sus diezmos que cobraban. Pero al desaparecer la legislación del Antiguo Régimen, con el paso de las generaciones, se empieza a confundir el significado. Fíjate, como anécdota, al libro de los despoblados de la Sierra Norte que hicimos le decíamos, de broma, que era el “libro de los descampados”.
Tiene mucho que ver en la confusión que a partir del Código penal vigente en el siglo XVIII aparece como circunstancia agravante de un delito el que se cometiera “en cuadrilla y en despoblado” —es en el Código Penal de 1848 (Olesa Muñido, F. F. La cuadrilla como unidad delincuente en el vigente Código penal español. 1957. Recuperado a través del BOE) donde aparece tal cual esta referencia—. La cuadrilla quiere decir el crimen organizado y despoblado que es un sitio donde no hay absolutamente nadie y, por lo tanto, es más difícil perseguir al delincuente. Entonces, al producirse el despoblamiento a partir del siglo XIX la palabra originaria desaparece, solamente quedan los términos cultos. Hoy día prácticamente casi nadie lo usa y los pocos a los que le suena es a eso, a descampado, que es lo contrario de lo que son, ya que un descampado es un sitio que siempre ha sido campo y el despoblado ni siquiera tiene que ver con que viva gente o no, es un ente jurídico. De hecho, puede seguir siendo un despoblado con población viviendo en él. Es el caso de Ambroz, que como documento en el libro, estuvo poblado hasta comienzos de los años dosmil. En La Torre no, y en San Cristobal tampoco, pero en Carrantona también quedaron caseríos en pie durante muchísimos años.
Ha citado el caso de Ambroz, hoy de actualidad por una cuestión sobre todo de índole medioambiental. ¿Qué le gustaría que ocurriera con esta zona, antiguo despoblado protagonista en su nuevo libro?
Como historiador que ha estudiado la zona me planteo dudas e intento hacer que se las planteen los demás, incluidos los políticos. A mí, por gustarme, me hubiera gustado dar marcha atrás y que Tolsa —empresa responsable de la explotación de sepiolita que generó, una vez interrumpida la actividad, el hábitat actual en torno a las lagunas de origen minero— no hubiese entrado en Ambroz, porque eso hubiese supuesto que se habrían podido excavar y recuperar las ruinas de la iglesia y del cementerio. Pero también me hubiera gustado que no existiera el Golpe de Estado de julio de 1936 y que Fernando VII no hubiese nacido…
Quiero decir con esto que como historiador trabajo sobre hechos, no sobre cuestiones futuras. Y ahora la realidad es que Ambroz preocupa sobre todo a los ecologistas; desde el punto de vista de los despoblados de Vicálvaro, Ambroz está cadáver, así que por muchos martillazos que le den ya no le va a doler nada. Ni el mejor de los historiadores puede cerrar nunca un tema, y yo he optado por obviar en el libro el último episodio de Ambroz, el más reciente, y creo incluso que debía haber cortado la historia un poco antes de lo que lo he hecho, sin entrar en las vicisitudes de la laguna actual. Hacerlo da la sensación de historia viva, y el desarrollo posterior puede ser o no lo había imaginado, pero ya no es historia.
Me costaba una página más exponer qué creía que iba a pasar con Ambroz pero preferí que fueran los lectores quienes aporten el capítulo final de este libro. Y de hecho, durante el proceso de publicación del libro, ya se ha producido parte de lo que pensaba que iba a pasar —se refiere a la intención de la Comunidad de Madrid de prorrogar la concesión minera de Tosadeco para que retome la explotación minera en Ambroz tras casi dos décadas sin actividad (2007)—.
¿Cuál o cuáles fueron los factores decisivos en la configuración de la población primero de los despoblados de Vicálvaro y su posterior despoblación?
En cuanto a la población, los recursos materiales no fueron decisivos. La sepiolita, por ejemplo, afloraba en superficie en un porcentaje muy, muy pequeño, y cuando se empezaron a poblar la gente no tenía ni maquinaria ni pensamiento de que pudiese comprar fincas para retirar 60 metros y extraerla. Y menos todavía pensaban que sería necesaria para que los gatos puedan hacer sus necesidades, y aquí hago un inciso, porque esta sociedad que tenemos puede llegar a cargarse un paisaje entero para que los gatos tengan algo en lo que mear en lugar de que lo hagan donde lo han hecho siempre, en la calle. Dicho esto, el medio físico no fue determinante en la configuración de los despoblados de Vicálvaro. No históricamente porque, por ejemplo, se labraba encima de la sepiolita, un recurso subterráneo sobre el que había una capa de tierra vegetal.
Tampoco ha sido un factor caminero. Tendemos a equivocar esta cuestión porque primero se hace el pueblo y luego se busca el camino para viajar a otros lugares, y no al revés, salvo excepciones como la Vía de la Plata. Los caminos vienen después de las personas. Todo el mundo está en un cruce de caminos: coges el mapa de España y donde veas que se cruzan cinco caminos hay un pueblo, seguro.
Evidentemente tenían agua cerca, pero hay muchos lugares con acceso fácil al agua que no han sido poblados. Es un factor necesario pero no suficiente. Las lomas, en cambio, sí es lo que más determinó la distribución de la población más allá del factor aleatorio. Los sitios bien venteados, saneados, tenían su importancia ante posibles enfermedades, por lo que solían estar en alto y con una fuente cerca. Vicálvaro, Ambroz y San Cristóbal eran gemelos: los tres están localizados en una loma en dirección este-oeste con un arroyo que pasa por el norte y otro por el sur, además, estaban al lado del campo de La Torre, que era el sitio más fértil de la región después de los Llanos de Griñón.
Eso sí, eran un caramelo envenenado también las zonas fértiles porque no había erosión, son lugares llanos, y esto hace que el agua se encharque y donde el agua se encharca hay mosquitos. Son las dos caras de la misma moneda. Si quieres un sitio fértil, fastídiate con los mosquitos y lo que estos conllevan… En resumen, el determinante principal de la población ha sido fisiográfico, pero también aleatorio porque hay muchos sitios parecidos y ¿por qué estos y no otros? Por azar histórico: no todo lo que puede ocurrir en la historia ocurre.
Y en cuanto a la despoblación, y esto sí lo tengo muy claro, fundamentalmente se debió a la gran propiedad absentista. No hay duda ninguna. Donde los ricos acaban haciéndose con la mayoría de las tierras los pobres no tienen perspectivas y se marchan.
En el libro rescata, como el historiador Enrique Villalba en su reciente Historia de Rivas, numerosos términos que identifican la toponimia de la historia de Vicálvaro. ¿Cree, como Villalba, en la capacidad de la toponimia para generar o potenciar el sentimiento de identidad a un lugar concreto de su población actual? Se lo pregunto porque, aunque ya ha confirmado muchos de los nombres de las calles de los nuevos desarrollos el Ayuntamiento de Madrid, quizá haya una oportunidad en este sentido con la urbanización de todos los despoblados de Vicálvaro que permanecían sin desarrollar urbanísticamente, ¿no cree?
Es una pena, la verdad, que se hayan puesto por mandato algunos nombres —en referencia al callejero de Berrocales y los Ahijones aprobado por el Ayuntamiento de Madrid—, pero lo seguimos intentando. Desde la asociación (Vicus Albus, especializada en la investigación histórica de Vicálvaro) hemos propuesto que la futura estación de Metro de Ahijones-Berrocales se llame La Torre.
Los gringos dicen That’s history para referirse a que la historia no importa. Pero nosotros estamos en la Vieja Europa y no es cierto que la historia no importe nada. La historia es lo que explica lo que ha pasado, es lo que explica el presente, y no está muerta. (La toponimia) es el nexo en términos históricos, entre algo que es “cosa de muertos” y algo que puede ocurrir. Y tal vez el nombre de un despoblado sea el nombre que rija en el futuro el vacío que tiene la línea 9 de Metro.
Cuando se hizo la división territorial (de los nuevos desarrollos del Sureste) en el PGOU vigente se hizo la división de forma prácticamente paralela a las vías del tren. E incluso lo suyo habría sido tirar la línea en medio de los raíles, igual que otras muchas fronteras van por la mitad de un río. Aquí no se hizo así porque administrativamente era muy complicado dividir la actuación en las vías de Metro entre dos juntas de compensación, y más sabiendo que igual una se desarrollaba en tres años y otra en 50. Pero, grosso modo, la línea del ferrocarril coincide con la divisoria entre Vicálvaro y Vallecas, y creemos que La Torre sería el nombre adecuado para el apeadero moderno que va a ser la estación de la línea 9. […] Además de las razones históricas, sería una forma eficaz de evitar que se pierda una parte de su nombre, como ocurre en Rivas con la estación Rivas Vaciamadrid, que además está más cerca de Vaciamadrid que de Rivas.
Cuando intentamos nosotros (Vicus Albus) motivar a los especuladores con este tipo de propuestas les insistimos en que intenten que su barrio no sea una ciudad dormitorio más, típica, como todas las demás. Eso que llamamos raíces mucha gente quiere echarlas y otras no, a las que les da igual dónde viven, como esas personas que hacen películas intentando a propósito que no se sepa dónde están rodadas para que se puedan vender más fácil en el extranjero. La aterritorialidad nos lleva al desapego de la tierra.
Valentín González, presidente de Vicus Albus, presente en la entrevista, añade en este punto de la conversación una anécdota para reforzar el argumento de Luis Bartolomé Marcos: “Cuando el Ayuntamiento de Madrid amplió la línea 9 de Metro —la estación de Vicálvaro se inauguró en 1998—, fui a ver al entonces consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid, Luis Eduardo Cortés, a la inauguración de la parcela 14 de Valdebernardo y le dije que tenían pensado poner de nombre de la estación Ramón Carande o Juan Carlos I a una boca de Metro que debía llamarse Vicálvaro. Nos dijo que los nombres los ponían ellos y esta asociación promovió, informe mediante enviado a la consejería, que la estación se llamara Vicálvaro, y lo conseguimos”.
Luis Bartolomé Marcos retoma la palabra.
Es triste una época en la que hay que pelear por cosas evidentes. Los marxistas diríamos que la evidencia es una cuestión de clase histórica, que no hay nada evidente por lo tanto. Pero que la estación debía llamarse Vicálvaro era evidente, y nos costó meses de peleas que la evidencia fuera ratificada. Íbamos a ser el único pueblo de Madrid sin su estación de Metro. Al final la historia nos ha dado la razón. Y con la estación de La Torre, propuesta que también hemos presentado a las juntas de compensación de Berrocales y Los Ahijones, saben que tenemos razón.

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