El geohistoriador Luis Bartolomé Marcos completó su trilogía sobre la historia de Vicálvaro con la publicación a comienzos de 2026 del libro digital ‘Despoblados de Vicálvaro’. En sus páginas, el autor recupera, en base a fuentes históricas contrastadas, la evolución desde 1126 —año en el que está datado el primer documento citado por el autor— de La Torre del Campo (o Torre Pedrosa), San Cristóbal, Carrantona, Valnegral y Ambroz.
Entre otros muchos pasajes históricos y curiosidades, Luis Bartolomé Marcos aborda en el libro la del caserío de Ambroz, una edificación que pese a sufrir numerosos cambios de propiedad y estructurales, estuvo habitada hasta el año 2002 y en pie hasta el año 2008.
Ambroz, un espacio que hoy está conformado por sendas lagunas artificiales originadas por la actividad minera de Tolsa en el último cuarto del siglo XX, y que es actualidad precisamente por las demandas vecinales y ecologistas para que se proteja y se prohíba la explotación minera, fue durante siglos un paisaje completamente diferente.
Donde ahora hay lagunas, agua y numerosas especies animales, aves en su mayoría, existió un despoblado con un puñado de casas, una iglesia y un caserío señorial con su huerta que es el origen de la última construcción que quedó en pie en el ámbito: un chalé que fue derribado en 2008.
Los orígenes del caserío de Ambroz
Hay que remontarse al siglo XVI, siempre según la crónica histórica de Luis Bartolomé Marcos, para encontrar el origen del caserío de Ambroz. Entonces, entroncaron las dos familias más ricas de la zona mediante el casamiento de Hernán García de Francisco, con María, hija de Juan de Colmenar.
El inventario de los bienes dejados por este último a su muerte incluye lo que el autor describe como “el embrión” de lo que sería el caserío y la huerta de Ambroz ya consolidados: “Dejó Juan al morir unas casas con sus alfolíes (graneros) y un pajar, amén de veintidós tinajas, con una capacidad total de seiscientas siete arrobas; todas o buena parte de ellas habían de estar bajo tierra y la única bodega citada en los siglos posteriores es la del caserío”, narra Luis Bartolomé Marcos.
En 1657, y hasta 1664, empezó a comprar bienes inmuebles en Ambroz Juan-Tomás Ángel, archero de la Guarda de Corps del Rey desde 1649. Entre otras propiedades, adquirió una casa-bodega y una huerta, que empezó a regar con las aguas del arroyo próximo al despoblado a partir de 1660, cuando recibió permiso formal del concejo.
Unos años después, en 1692, cuenta Luis Bartolomé Marcos en base a documentación de la época, la huerta y el caserío, formado por la casa-bodega y los edificios anejos, tenían un premio similar. Entonces, se mantenían las construcciones principales de la finca y también la actividad agraria (cereales, viña y fruta), a lo que sumó actividad industrial con la construcción de un molino harinero y un lavadero de lanas. El autor da un dato concreto sobre la producción de fruta en la huerta: “Mil doscientos veintidós árboles, de dieciséis especies distintas, nos indican los distintos gustos que la gente tenía por entonces, pues casi la mitad eran ciruelos, de diez variedades distintas”. Además, se documentan doscientos olivos en regadío, un cultivo poco habitual en la época según el autor.
Ambroz pasó a estar prácticamente despoblado apenas unos años después. En 1736, los pobladores de derecho eran cuatro; dos de ellos, el encargado y el hortelano de la hacienda. “A Ambroz le faltaba poco para degradarse hasta ser un simple caserío privado. El cura ya no residía y el de Vicálvaro decía misa solo los días festivos”, cuenta Luis Bartolomé Marcos en su libro, en el que cita todas las fuentes históricas consultadas.
En esta época, Ambroz, aparte de la iglesia y el caserío, tenía dieciséis sitios de casas, ocho edificios en pie, incluyendo el ayuntamiento, la taberna, una casa en ruinas y siete solares reducidos a campos labrados. La época de mayor población de Ambroz fue a finales del siglo XVI: en 1591 tenía 74 vecinos, todos con casa. En 160 años desaparecieron 54 sitios de casas.
Pero el caserío de Ambroz resistió el paso del tiempo, los cambios de propietarios y las crisis poblaciones del despoblado. En 1781 pasó a manos de Pedro Pedro Fitz-James Stuart y Colón de Carvajal, IV marqués de San Leonardo (1720-1789), que residió en la propiedad, en la cual introdujo mejoras. Luis Bartolomé Marcos cita como ejemplo una tahona que movía dos muelas con una sola acémila, invento que todavía funcionaba en 1806. Además, se tiene constancia de que reedificó la casa principal del caserío “para cuando Su Excelencia venga”, lo cual demuestra que el marqués pasaba temporadas en Ambroz. En este punto, el autor plantea la posibilidad de que fuera el marqués quien construyera la casa principal de tres alturas que llegó hasta nuestros días.
Una cárcel a comienzos del siglo XIX
A comienzos del siglo XIX, en 1803, Ambroz pasó de tener una docena de habitantes a 380 en apenas unas horas. Este abrupto incremento de la población se debió al traslado de presos con causas pendientes (preventivos) desde la Cárcel de Villa a los edificios del despoblado, que además de de depósito de presos se convirtieron también convertidos correccional de mujeres y niñas, hospital, y en lugar de paso obligatorio para los viajantes procedentes infectados por la peste amarilla.
Se desconoce el número de edificios ocupados, pero Luis Bartolomé Marcos cree que probablemente se tratase de todos los edificios del caserío y alguna casa más del despoblado. En relación con lo primero, el autor documenta la petición de indemnización por daños y prejuicios del propietario del caserío en la época, el duque de Aliaga. “No se la concedieron y le propusieron un pago en especie en concepto de alquiler, no por daños, porque el Ayuntamiento consideraba que las obras realizadas eran en realidad mejoras en los edificios”, expone el autor en ‘Los despoblados de Vicálvaro’.
Ambroz, tras producirse el deslinde jurisdiccional en 1818, quedó anexionado al término de Vicálvaro por Real Orden de 31 de diciembre de 1835. La entidad conjunta pasó a llamarse “Vicálvaro y Ambroz” desde 1837 hasta 1950, más de un siglo después.
De la segunda mitad del siglo XIX, Marcos explica que los pocos habitantes que tenía el caserío de Ambroz no tenían agua corriente y que se mantenían hacia 1862 las charcas de lavar de la segunda arroyada. Quince años después, en 1877, solo quedaba en Ambroz su caserío.
Gracias a las actualizaciones del padrón con lugar de residencia, Luis Bartolomé Marcos ha podido documentar que entre 1869 y 1904, ya en el siglo XX, vivieron en el caserío de Ambroz 18 familias. De ellas, solo la primera era autóctona: la formada por Luis Manzano Marcos, hortelano y último nativo de Ambroz, que dijo llevar viviendo en el caserío los cuarenta y siete años de su vida. Las otras 17 familias llegaron desde otros puntos de Madrid, desde Guadalajara, Segovia y Toledo.
En esta época está documentada también una de las muchas ventas que experimentó el caserío de Ambroz en su historia: José Nágera y Aparicio, vecino de Valladolid, adquirió el caserío (casa-palacio) y la huerta por 140.000 pesetas. Entonces, a modo de curiosidad, la casa contaba con una estufa en el jardín, “capricho aristocrático había llegado a Madrid a mediados de siglo y era todo un adelanto”, según Luis Bartolomé Marcos, y en la huerta había, entre otras especies, albaricoqueros, moreras, granados y olivos, los únicos ejemplares antiguos.
Las estadísticas disponibles desde 1898, año de uno de los últimos padrones conservados que especifica el lugar de residencia, la documentación sobre Ambroz es escasa. De hecho, el autor señala que en los nomenclátores de 1900, 1910 y 1920 no aparece. Pero en el padrón de 1910, Ambroz aparece en la estadística de viviendas: tenía “tres edificios dedicados a vivienda, uno de tres plantas (la casa principal) y dos de una (la accesoria en el caserío y la de la huerta)”, cita el autor. El caserío de Ambroz seguía resistiendo.
El último siglo de historia del caserío de Ambroz
En el año 1923, la hacienda de Ambroz estaba valorada en 200.000 pesetas. Se produjeron al menos dos ventas, la segunda de ellas por un precio inferior: 150.000 pesetas. Y posteriormente la adquirió Moisés Gutiérrez-Solana Gómez, un vasco que había hecho fortuna en México y padre de la última persona que nació en el caserío, Francisco Maeso Fernández, nato el 29 de marzo de 1930. El caserío tuvo en este año 19 habitantes, todos los del despoblado de Ambroz antes de que estallara la Guerra Civil.
Este episodio trascendental en la historia contemporánea de España tuvo poca incidencia en Ambroz, según cuenta Luis Bartolomé Marcos, aunque el Instituto de Reforma Agraria incautó la hacienda a principios del mes de agosto de 1936, según informó la prensa de la época. Curiosamente, a la conclusión de la Guerra Civil, en 1940, el padrón señala que eran 62 los habitantes de hecho de Ambroz, 64 de derecho. “Aparentemente, todos ellos metidos en los diversos edificios del caserío, ya que solo se inventariaron entonces dos edificios”, apunta el autor.
A partir de los años 40 y 50, con el nacimiento del despoblado disperso, se habilitaron en la zona de influencia de Ambroz granjas y otros edificios aislados en la zona conocida como Las Veguillas. Entre otros edificios se levantó el caserío de El Olivar. El Autor relaciona este cambio histórico con la presencia del Campo de La Torre, “llano, muy fértil y con agua a poca profundidad”.
Luis Bartolomé Marcos califica esta etapa como el “canto del cisne” de Ambroz porque fue “la más brillante y la última del Ambroz agrario”. A partir del año 1963, la mayor parte del antiguo término de Ambroz pasó a ser objetivo urbanístico: se calificó como terreno rústico forestal. Hay fotos familiares de mediados de los 60 que muestran el caserío habitado y el autor cita también las hojas padronales de 1955 y 1960 y los testimonios de los últimos habitantes como pruebas de que siguió estando habitado.
Ya en los años 70, concretamente en 1977, fueron consolidados por un plazo de 90 años los derechos que el Ministerio de Industria había concedido a Tolsa para la extracción de sepiolita en la zona mediante la explotación a cielo abierto. La extracción empezó en 1975. Este hecho resultó decisivo para que se produjera la degradación general del paisaje, que afectó al entorno del caserío de Ambroz, que se convirtió en almacén y depósitos de la empresa minera. Así lo relata Luis Bartolomé Marcos: “La acumulación de vertidos de áridos dejó al caserío rodeado de cuatro cerros artificiales de treinta metros de altura y la extracción masiva de sepiolita empezó a crear inmensos huecos”.
En 1982 se empezaron a considerar de interés histórico artístico los restos de Ambroz, y fue entonces, en 1984, cuando Valentín González Gálvez, presidente de la asociación Vicus Albus, que lleva décadas recuperando la historia de Vicálvaro, encontró en el caserío la pila bautismal de la desaparecida iglesia parroquial de San Benito de Ambroz. “La descubrimos sirviendo de abrevadero en una granja, antigua casa señorial del marqués de San Leonardo”, cuenta la asociación, que mantiene la pila en sus fondos museísticos, donde también se conserva la veleta del caserío.
Luis Bartolomé Marcos explica que, en esta época, la casa principal del caserío de Ambroz estaba en ruinas. “Lo que quedaba aprovechable de la finca lo llevaba un ovejero asturiano que también criaba conejos y gallinas”, relata. La hija del propietario construyó un chalé de características modernas que fue, esta sí, la última edificación en pie en Ambroz.
En 1990 se destruyeron los restos subterráneos de antigua iglesia del despoblado, cuyo antigua superficie quedó fragmentada a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI con el cierre de la M-40 (1996) y la creación de la R-3 en 2004. Tres años antes, en 2001, había emergido al otro lado de la M-40 el barrio de Las Rosas, y en el año 2002 abandonó el caserío de Ambroz, según las fuentes citadas por Luis Bartolomé Marcos en ‘Los despoblados de Vicálvaro’, la última persona residente en el caserío.
El propio autor documenta con una imagen de Valentín González Gálvez incluida en el libro la última imagen del chalé construido en los terrenos de la antigua hacienda antes de ser engullido por el gran agujero de la mina en el año 2008, hoy una laguna artificial que ecologistas y vecinos luchan por proteger para que Ambroz sea el pulmón verde del Sureste de la región, y uno de los grandes atractivos de la futura Nueva Centralidad del Este.
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