Fernando Caballero es arquitecto y urbanista. Ha escrito el ensayo ‘Madrid DF‘ (Arpa, 2024), en el que analiza los retos y dificultades que encara la capital para su transformación en una metrópoli de 10 millones de habitantes que compita con otras ciudades globales. Atendió a Nuevo Sureste para explicar su novedoso modelo y cómo se incardinan los desarrollos del sureste en ese planteamiento.
¿Hacía falta un libro de divulgación sobre el urbanismo de Madrid?
Yo creo que sí, porque era un tema que, curiosamente, en una ciudad de este tamaño no se había producido. Además, había cierto interés. Desde hace al menos cinco años, empezaron a salir algunos artículos y libros que ponían el urbanismo como uno de los focos centrales del modelo de país y del modelo de desarrollo de la Comunidad de Madrid en los últimos 20 o 30 años. A mí siempre me había sorprendido que, durante los años del ‘boom’, Madrid era un mar de grúas y la gente miraba lo que pasaba en los hospitales o en los colegios, pero no veía lo que pasaba con las grúas. Pensar que eso no iba a definir también el modelo de vida y el modelo de ciudad cuando estás construyendo una geografía, siempre me pareció una cosa muy extraña. Supongo que buena parte del periodismo estaba en el día a día y mirando otras cosas, y no estaba fijándose en eso. Entonces, con tranquilidad y desde la reflexión, me parecía que era un tema interesante a investigar. La verdad es que los libros que publicó Jorge Dioni, primero, ‘La España de las piscinas‘ y, luego, ‘El malestar de las ciudades‘, que también publicó Arpa, abrieron ese debate y yo creo que un poco a la zaga apareció después el mío.
Mi libro no ha intentado quizás ser tan combativo o tan de trinchera porque mi interés era intentar analizar o entender qué es lo que estaba pasando más allá de una crítica a un modelo en concreto. De hecho, yo creo que en el libro se critican muchos modelos, pero las críticas incluso las he hecho casi desde sus propios parámetros. O sea, cuando en algún punto puedo criticar al liberalismo, digo que el liberalismo nunca renunciaba a la escuadra y al cartabón y al mando en plaza, a planificar. La izquierda, cuando la critico por el modelo de ciudad que propone, lo que critico es que hace un modelo de ciudad que es el contrario al que dicen proponer. Entonces, esa crítica siempre he intentado que sea siempre desde los propios parámetros de cada uno de ellos, pero no un ataque o una crítica de trinchera.

Una de las ideas fuerza del libro es que Madrid tiene que jugar el partido global de las ciudades y convertirse en una megalópolis de 10 millones de habitantes, aproximadamente. Eso supone rebasar el concepto ciudad tal y como lo planteamos para alcanzar toda la corona metropolitana, incluso hablando de región como un distrito federal ¿Esa mentalidad de distrito federal no rompe el equilibrio que se ha planteado a nivel histórico para la capital de España?
Cuando yo hablo de Madrid, no hablo del municipio de Madrid. Hablo de un área metropolitana que va de Guadalajara a Toledo, Madrid como sistema socioeconómico, porque las ciudades son sistemas. Categorías como el distrito federal son orientativas. Yo no soy un jurista, ni constitucionalista, ni nada de eso, con lo cual que se llame Distrito Federal o como se quiera llamar, quizás el libro se tendría que haber llamado Sistema Madrid, aunque no hubiese tenido ningún tipo de impacto ese libro. Todo lo que pasa en los primeros 100 kilómetros en torno a Madrid está muy relacionado económica y socialmente con la capital, con sus más y con menos. De repente hay valles que tienen un mundo, una vida de mundo rural enorme, pero siempre hay muchas actividades que tienen que ver con los fines de semana de la gente que va desde de Madrid, con lo que hay una relación socioeconómica de proximidad. Yo pongo en el libro que es más o menos hasta donde por la noche se ve la mancha de iluminación que llega, en algunos casos sierra de Guadalajara. Yo incluso lo he visto a lo lejos durmiendo en saco dormir en mitad de Sierra Morena. Hasta ahí hay una presencia efectiva y funcional de ese gran Madrid. O sea, quizás no lo llamemos distrito, llamémosle Gran Madrid. Lo que hay dentro son partes de una gran metrópolis. Has dicho la palabra megalópolis y eso es una gran mancha urbana que lo absorbe todo. Londres, París, México DF o Buenos Aires lo son. Madrid no tiene porqué serlo. Puede ser una metrópolis. Una ciudad que tenga muchos centros, muchas partes y cada una de ellas con sus propias idiosincrasias, y que todas ellas estén muy bien conectadas y trabajen como un sistema de ciudades, un poco como lo que le pasa a Barcelona, que también tiene un área metropolitana.
¿Propone barcelonizar Madrid?
Barcelona tiene una autoridad metropolitana que tiene competencia sobre unos 3 millones y medio de habitantes, que viene a ser lo que tiene el Ayuntamiento de Madrid. Es interesante porque propone un modelo de gestión mancomunado entre diferentes municipios que eso no lo tenemos aquí. El desarrollo del área metropolitana de Barcelona es lento, teorizado desde poco después del plan Cerdá y llevado a cabo desde que, en 1897, se amplía el municipio de Barcelona y desaparecen los municipios de Gracia, San Gervasio, etcétera. Desde entonces, ya había una visión de que Barcelona tenía que tener suficiente espacio para para crecer porque la ciudad iba a necesitarlo. Iba a necesitar no solamente crecer, sino además coordinarse con una sola administración. El mundo catalán de esa época, el liberal, no el carlista, relacionado con la industria, creció mucho hasta el punto en que tenía un PIB similar al de Italia, en un país que tenía un PIB muy por debajo, al nivel africano. Era casi otro país económicamente y estaba creciendo mucho, atrayendo mucha población de otras partes del país. Por tanto, en seguida le empezaron a aparecer pequeños pueblos por todas partes. Lo que en Madrid pasó en los años 60 del siglo XX, en Barcelona pasó 50 años antes o más. Entonces, todo ese desarrollo fue configurando un área metropolitana donde había industrias en Manresa, en Terrassa, en Sabadell, en un montón de sitios. Sobre todo, en el Llobregat. Eso hizo que hubiera antes mejores carreteras e infraestructuras porque el propio sistema lo requería. Ocurre, además, que allí tienen la particularidad que todo eso está entre montañas, lo que generaba unos núcleos con un mismo sistema socioeconómico pero una idiosincrasia muy propia en la que entre medias había bosques y montañas y sigue habiéndolos. Eso hace que sea un sistema metropolitano muy evidente y muy claro.

Pero Madrid no tiene la orografía barcelonesa.
En el caso de Madrid no pasa porque es plano. Nuestra metrópolis se creó o se fue desarrollando medio siglo más tarde. Pero, curiosamente, si vemos una vista aérea de Google Maps, lo que vamos a ver es que, a diferencia de ciudades como París o como Londres, entre los diferentes municipios del área metropolitana hay sitio, hay hueco. Luego podemos hablar si el suelo es yesífero o no, y lo que eso supone, u otro tipo de consideraciones que son equivalentes a las que se producen entre Sant Cugat y Barcelona. Puede haber problemas técnicos, pero hay hueco. Entonces, el área metropolitana que ahora mismo está en un crecimiento de en torno a 120.000 o 140.000 personas al año, va a tener que construir más y esa construcción se va a tener que hacer en esos huecos que quedan. La cuestión es cómo hacemos esa construcción ¿La hacemos para que termine siendo una gran mancha urbana y que se convierta en una megalópolis, como en París, que todo lo importante ocurre dentro, en este caso dentro de la M-30 o de la M-40; o hacemos un modelo policéntrico como puede ser el caso el caso barcelonés o el Randstad holandés? Este es un ejemplo casi perfecto. Los Países Bajos son una ciudad estado de muchas ciudades. Es al final el Randstad que va desde Leiden y Ámsterdam hasta Rotterdam. Es un área más o menos funcional, un poquito más grande que la Comunidad de Madrid, quizás dos veces más grande, pero suficiente como lo que puede ser de Guadalajara a Toledo. Entonces, dentro de ese área podemos hacer un modelo de ciudad que responda a las necesidades que hacen que los sistemas sean más robustos.
Hay un libro que me gusta mucho que es ‘Antifrágil‘. Taleb habla de cómo un sistema tiene no solamente que aguantar sino hacerse más fuerte cuando vienen mal dadas. Una ciudad que es un sistema con un centro, cuando hay un problema, esa necrosis se extiende en cascada y es poco controlable. Una ciudad de ciudades puede necrosarse en partes, pero el resto no tiene por qué verse tan afectado. Un espacio puede entrar en crisis pero el resto puede suplirlo y todo el conjunto del sistema tiene amortiguadores y tiene la capacidad incluso de aprender de eso y mejorar. Que una ciudad vaya camino de los 10 millones de habitantes no tiene que ser una mala noticia siempre y cuando sea un modelo de ciudad policéntrica y dé oportunidades al resto del país, porque también lo que va a hacer es retener un talento que, si no, se marcharía fuera y se iría a París o se iría a Alemania o a Estados Unidos, a otros sitios. La bifurcación de caminos entre una megalópolis y una metrópoli es ahora cuando hay que tomarla.

¿No se tomó ya ese camino cuando se decidió en el Plan General de Ordenación Urbana de 1997 de Madrid y todos los de su entorno crecer hasta los límites, como lo corroboran los desarrollos del sureste?
Yo creo que no. Se está tirando con lo que hay, que es distinto. El caso de los desarrollos del sureste, desde mi punto de vista, es una cosa que estaba planificada desde hace 25, casi 30 años ya, que agotaba prácticamente el suelo del municipio de Madrid y que, ante la necesidad de vivienda había que sacar, hubo un intento de revisión muy complicado que quizás hubiese tenido sentido haberlo hecho unos años antes en mitad de la crisis cuando no se construía, pero no en el momento en el que había que empezar a arrancar. De todas maneras, esos barrios tienen más de megalópolis que de metrópoli. O sea, son oportunidades perdidas para haber creado centralidades nuevas, para haber sido más densos. Esos barrios van a tener en total unas 300.000 personas, van a vivir ahí en una superficie en el que cabe medio millón o más, tranquilamente, y que se podría dar perfectamente servicios a mucha más población.
Es lo que hay, es lo que era necesario, pero es una pena porque, además, pensemos que si esta es una ciudad promercado y muy ‘business friendly‘ y todo eso, el hecho de que hubiese habido ahí centralidades alternativas hubiera significado haber desarrollado mercado en esos lugares. El hecho de que ahí hubiese algo de industria, pero más terciario hubiese generado demandas agregadas. Imaginemos que la ciudad judicial en vez de estar en la parcela en la que va a estar, en una zona ya estupendamente comunicada, pero en la que ya hay muchas cosas muy cerca de Alcobendas, una zona de actividad económica fantástica, se hubiera colocado en Los Cerros o en Los Ahijones, o en Los Berrocales, o en Valdecarros. En un sitio así, una ciudad judicial tan grande, hubiera sido muy interesante. Si la hubiesen colocado allí y pones al lado una facultad de Derecho, se empezaba a generar actividad y trabajo. Copisterías, despachos, bares, de todo. Se hubieran generado demandas. Pero no se han generado las condiciones de posibilidad. Si diseñas estos barrios para que no haya otra cosa que vivienda y servicios locales de avituallamiento, eso no va a ocurrir. Pero tampoco estás creando las condiciones de posibilidad para que sean lugares vigorosos por sí mismos dentro de 50 años. Porque el mercado quiere ir siempre a las zonas donde ya hay dinero y donde ya hay mercado, en este caso al norte de la ciudad. La administración es la que tiene que colocar esas cosas.
Dicho lo cual, lo importante es que los desarrollos del sureste era necesarios sacarlos como fuese porque tenemos un problema de vivienda muy gordo y era la manera de ponerlos en marcha. De todas formas, no son sólo ciudades dormitorio. Se contempla mezcla de usos y, aunque se trate de una planificación con un modelo conceptual de los años 90, hay una buena noticia: se trata de una fórmula más flexible de lo que muchos piensan. Los desarrollos del sureste tendrán una enorme capacidad para adaptarse a las necesidades del futuro y esa es precisamente su mayor virtud. Tenemos que generar ciudades que generen actividad, diferentes opciones y multiplicadores y eso requiere que haya de todo en todas partes.

Varios autores hablan que el urbanismo es una herramienta de las élites y por las dinámicas especulativas ¿Se ve su modelo condicionado por ese pensamiento?
El modelo que yo planteo es un modelo para generar mercado y que, por tanto, la construcción de vivienda no sea lo único que haga de motor económico, aunque tenga un papel importante. En Madrid, tenemos la suerte de que el sector de la construcción es la palanca para mejorar muchos otros sectores, para crear mucha más riqueza en otros sectores. Eso no lo puede hacer Barcelona, donde pueden sólo hacer operaciones puntuales. Pero tenemos que construir de manera inteligente.
En el libro, plantea que Madrid no es un centro sino un eje a cuyo alrededor giran los núcleos que plantea para competir a nivel mundial con otras ciudades ¿No es eso volver al concepto de las polis griegas?
Sí. De las polis griegas o de las ciudades del Barroco. Las polis griegas al final fueron un caso muy concreto en un territorio muy pequeñito pero nos sirven para mostrar que hay diferentes ciudades que tienen poder y que compiten entre ellas, a veces a través de guerras frías y otras veces de guerras calientes. Ese concepto explica muy bien la guerra del Peloponeso. Gracias a Dios, no hemos llegado a eso. Pero el mundo de la primera mitad del siglo XXI es un mundo en el que ya la mitad de la población vive en grandes ciudades. El 40 por ciento en grandes ciudades. En Europa, eso lleva pasando más de medio siglo y, por tanto, vivimos en esta primera mitad de siglo en un momento en el que hay una pugna entre esas ciudades y los estados para ver quién es el que manda. Y yo creo que el elemento que va a desequilibrar la balanza en la segunda mitad del siglo serán las decisiones del mercado de apostar por un lugar o por otro. Apostarán por los dos, evidentemente, pero me da la sensación de que serán las ciudades las que lleven la voz cantante. Creo que la reacción que estamos viendo de muchos estados o de la población de esas naciones está condicionando mucho esas decisiones porque estamos viendo los últimos años un retorno del Estado en muchos aspectos, que se está rearmando, y que en muchos países lo que vemos es la pugna de las administraciones estatales contra las administraciones metropolitanas.
Lleva ocurriendo desde los años 60 y 70, desde que en Europa la mitad de la población es urbana. Por ejemplo, en Francia se produce el fenómeno de que el país vota contra su capital, que se defiende y casi vota contra su estado, con una periferia terriblemente desarticulada. Es casi un Estado fallido, que es exactamente lo que no debería pasarnos aquí, que somos un país más frágil que Francia. En Inglaterra, hemos visto con el Brexit que la nación le ha dicho a su ciudad capital que tiene una responsabilidad con su país y que eso es más importante que sus relaciones económicas con el resto del mundo. Lo hemos visto en Estados Unidos en la reacción de los estados interiores frente a las costas urbanas. Lo estamos viendo en España con particularidades porque aquí tenemos dos grandes ciudades y una de ellas decidió también hacer su propia historia por su cuenta y, aparte, tiene una pugna entre el campo y la ciudad dentro de Cataluña muy importante y muy interesante. Esa lectura es transversal.

Ahora mismo, en Europa tenemos estados nacionales y ciudades estado. El Randstad es una ciudad estado que oficialmente se llama Reino de los Países Bajos. Copenhague es una ciudad estado que oficialmente se llama Reino de Dinamarca. Dublín es una ciudad estado y se llama República de Irlanda. Hay otras, yo que sé, Uruguay, Finlandia y, normalmente, en estos países ocurre además que sus ciudades capital suelen acumular más de un 30 o casi un 40 por ciento del PIB. Y tiene sentido porque fuera de la capital no hay nada. El propio país es, es un casi un ‘hinterland’ con, como mucho, uno o dos municipios grandes fuera, pero poca cosa más. Lo que es Cork respecto a Dublín, Espoo respecto a Helsinki… Concentran una actividad económica que prácticamente es la mitad del PIB o se acerca a la mitad del PIB. La complejidad que tienen los estados nacionales, que los grandes son Reino Unido, Francia, España, Alemania, Italia, en el que hay redes de ciudades, en el que hay territorios fuera de las ciudades, donde vive mucha gente y sus intereses pueden no ser los urbanos. Por eso, le piden al Estado que ponga orden y, de vez en cuando, meten los tractores en la ciudad, etcétera. Allí donde se acumula más de 25 o 30 por ciento del PIB en la ciudad, los problemas empiezan a ser serios.
Ese es el modelo macrocéfalo de Sudamérica y Asia, y está bastante implantado.
Sí, pero me parece interesante plantear cómo hacer ese crecimiento que va a suponer que Madrid tenga en torno a 10 millones de personas y se acerque, posiblemente, al 20 o el 30 por ciento del PIB. Cómo hacer que eso sea visto con buenos ojos en el resto del país. Porque Madrid sea vista como una ciudad que le interesa al resto del país y que no le molesta y que no le quita actividad y eso es complicado. Eso es muy complejo ¿Cómo hacer que no nos pasen esas cosas? Estamos en una crisis de articulación de la que nos puede sacar Madrid. Hasta ahora, había una red de ciudades que tenía unos roles repartidos y, de repente, hay un ‘game changer’ que tiene más cartas que los demás. Es más grande y eso genera problemas lógicos. Podemos decidir que pasamos de todo y ganamos la partida, pero creo que una capital tiene una responsabilidad con su país. O podemos decidir asumir la responsabilidad, intentar que se entienda en el resto del país que este es su mejor escaparate y su mejor cliente. Eso, en un país compuesto, articulado, geográficamente muy complejo como España.
Por poner un ejemplo, desaparecen en la ruta entre Vigo y Madrid en AVE las paradas de Sanabria y de Medina del Campo en los dos trenes de por la mañana. Lo entiendo en la lógica de la gente de Vigo que madruga para ir a Madrid para estar a las once de la mañana en una reunión. Para esas personas, una parada en la que se suben tres personas es un problema. La cuestión es que, si esa parada no existe, esos lugares no tienen condiciones de posibilidad para poder desarrollarse. Entonces, la visión en túnel de la tabla de Excel desde la ciudad o desde las ciudades o desde Madrid y Vigo de Renfe responde a que una empresa que sea rentable y eso es lo más importante. Pero eso se pierde el detalle. Puedo entender que Wego o que Yrio no paren en Sanabria, pero no que Renfe, que es un servicio público, lo haga. Porque, entonces, el Ministerio está ahogando el potencial de crecimiento de un sitio. Hoy son cuatro personas las que no cogen el tren, pero no sabemos si dentro de 10 años son 50 o son 100 o son 200. Y esas personas 200 personas en una comarca pequeña ya te han cambiado el territorio.

En el libro, explica cómo el AVE contribuye a la España vaciada.
El AVE puede ser el arma que vacíe España o el arma que la llene, pero para llenarla tienes que parar y quizás entonces no es tan rápido. En Japón, hay frecuencias que paran en todas las estaciones intermedias y otros que van de punto a punto. En Londres y Nueva York, hay metros que no paran en todas las estaciones y que solo hacen una ruta exprés. Tendremos que empezar a pensar en ese tipo de cosas para que, quizás, un tren exprés Vigo-Madrid y, acto seguido, otro que pare en las estaciones intermedias. Sobre todo, porque no puede ser que no haya servicio cuando tienen una estación y porque el voto del señor de Sanabria vale mucho, muchísimo más que el de Madrid y ojalá que siga siendo así. Antes hablábamos de la reacción del campo y de los tractores y todo ese tipo de cosas. La reacción de las lógicas urbanitas nos dice que aparecen partidos políticos que lo primero que dicen es que hay que homogeneizar el voto y que tiene que valer lo mismo en el campo y en la ciudad. Si al final España se convierte en una ciudad estado ¿Será Madrid? Si ocurre así, puede haber otras grandes ciudades que digan que no jueguen a su juego y se líe gorda. Esa era la crítica que hacía Maragall en sus artículos sobre Madrid. Y lo que hay que hacer es negarle la mayor porque marca un camino malo. No debemos caer en ese camino. No debemos considerar al resto del territorio, pequeñas ciudades o comarcas, como espacios prescindibles porque al Excel no les salen rentables. Un país no es sólo una cuestión de rentabilidad.
Habla de la relación España-Hispanoamérica en el libro planteando Madrid con un sesgo de ciudad planeta de época austracista, frente al planteamiento borbónico del Imperio ¿Cómo cambió el perfil de la ciudad con la introducción de fenómenos como la Ilustración o la revolución industrial?
Una cosa interesante de la época austracista era que tenían muy claro que vivían en un mundo que se habían creado a sí mismos en el que Madrid aparece como capital ya con la mayor parte del imperio hecho. Era un modelo ‘glocal’. Los modelos glocales son muy interesantes porque te permiten estar en muchas escalas al mismo tiempo, te permiten viajar en un ascensor que sube y baja, con muchas capas, pero sin crear cortijos. Si en uno de esos niveles va mal, los otros no tienen por qué ir mal y tú puedes potenciarlo. El modelo borbónico ha generado desde hace 300 años unas lógicas en las que eso se rompe, en las que todo se dirige desde un consejo de administración en una mesa y, si las decisiones son malas, se necrosa todo. El ejemplo más borbónico era el Moscú estalinista. Sin llevarlo a ese extremo, sólo hay que mirar París y hay que mirar Francia, que es el sistema construido. El París que nosotros visitamos y que nos gusta mucho son cinco o siete distritos dentro de un anillo periférico que es un desastre y, luego, ya todos los demás son sitios levantados o que se levantan cada muy poco tiempo o que bloquean la ciudad o que crean problemas ¿Ese es el modelo que queremos? Ahí podemos ver el canon y los fallos del canon. Las partes buenas son maravillosas, pero tanta luz crea muchas sombras en muchos sitios. Tenemos que ir a un modelo más austracista en el que se creen muchas más capas intermedias de las que tenemos.







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